Es un recuerdo de tanto días compartidos, mi
educadora, madre de una familia numerosa, ruidosa, traviesa, puede con todos y
lo hace con cariño. A veces firme, a veces dulce, siempre recordaré su voz
compartiendo generosamente todo lo que sabe.
Mi educadora espera verme crecer más sabio,
más bueno, mejor persona y lo intenta sin descanso, son pequeños gestos, con
grandes verdades.
Pasamos por su aula año tras año como
torbellinos, llegamos y nos vamos dejando un rastro de risas, desorden y
alboroto y parece que nada ha cambiado; pero de allí salimos siendo mejores,
porque cada uno llevará un poquito de su educadora allí donde vaya...



